Autora: Valeria Luiselli.
Año de publicación: 2011.
Una escritora intenta concentrarse en la escritura de su novela mientras su esposo fisgonea lo que escribe y cuida a sus hijos. La novela y el recuerdo nos llevan a un pasado donde ella trabajó como traductora, buscando e intentando redescubrir a un autor latinoamericano que fuera atractivo para el público estadounidense. Un pasado de la protagonista que lo cuenta en primera persona y se siente melancólico, triste. Una misma voz que se parte en dos ecos, el del presente y el pasado; el de la madre novelista y la joven traductora que se encuentra en el metro neoyorquino a la imagen – ¿el recuerdo, el eco, el fantasma? – del poeta Gilberto Owen.
Ella sigue con su cotidianidad a dos voces y ficcionando – no tanto – su novela casi autobiográfica. Recuerda las imágenes repetidas de Owen en el metro, quien parecía corresponderle la mirada y el recuerdo. El relato, las voces y los recuerdos se van entremezclando entre la escritora contemporánea con la voz de Gilberto Owen en los años cincuenta, quien recuerda a su ex esposa, a sus hijos, a sus compañeros de tertulias literarias (Louis Zukofsky y Federico García Lorca), su oficina en Filadelfia y la imagen de una joven con ojeras pronunciadas que se le queda viendo en el metro y que intenta incluso saludar. Los ecos y fantasmas se juntan pero no se cruzan, se empalman pero no se mezclan.
Se podría decir que la novela se fragmenta en tres tiempos, tres voces y tres líneas diferentes; sin embargo, no es una ruptura del tiempo ni del espacio, porque el trío de voces y líneas narrativas se complementan entre sí en los detalles, los escenarios, los elementos que manipulan los personajes y las presencias fantasmales que se leen con mucha alma, con ternura, con sustancia aunque no tengan peso. ¿Los fantasmas se dan cuenta que nos pesan y que parecen flotar?.
Luiselli construye a los protagonistas del relato desde la humanidad más tangible, con ese peso emocional que se mantiene en las fantasmagorías que el tiempo dejó entre el relato de Owen con la madre novelista que sigue lidiando con la cotidianidad de su relación y maternidad. Los pequeños guiños de los objetos, de los paisajes, de las ciudades y los sonidos hacen todo vívido, de nuevo, con alma. Mención aparte a la descripción del metro de Nueva York que cobra relevancia en cada tiempo, en cada voz y en cada momento donde aparece, es casi un personaje más; como un testigo del tiempo que pasó y sigue pasando, un hilo más que une a los ingrávidos fantasmas cuyos ecos estamos leyendo.




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